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Es el título de la tesis en Economía del Trabajo introducida en la Universidad de los Estudios de Roma con la mejor calificación.
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Director
Prof.ssa
Marina CAPPARUCCI
Graduando
Valeria Maria POZZI
TESIS DE LICENCIATURA EN ECONOMÍA DEL TRABAJO ICT Y OCUPACIÓN (¿REAL O VIRTUAL?):
EL CASO UNITEC
UNIVERSIDAD DE ESTUDIOS DE ROMA TRE: Estudiantes Excelentes
fuente: Facultad de Ciencias Políticas Roma Tre
Resumen
1°: Progreso técnico y ocupación: síntesis de contribuciones teóricas
1.0. Introducción
1.0. Introducción
Los más grandes economistas, desde los preclásicos hasta los contemporáneos, han examinado las condiciones y factores de crecimiento del ingreso individual y de las naciones en diversos modelos de desarrollo, considerando el progreso tecnológico como el instrumento clave del desarrollo dinámico de la riqueza individual y colectiva. En este sentido, es necesario recorrer las posiciones de las escuelas de pensamiento más importantes sobre la relación existente entre progreso técnico y ocupación para conocer sus orígenes y estudiar sus diversos aspectos.
Es apropiado utilizar este tipo de enfoque, no en cuanto concierne a la historia del pensamiento económico, sino porque es el más adecuado para proponer las teorías y nociones (tanto las más simples como las más complejas y realistas) relativas al vínculo entre la innovación tecnológica y el número de puestos de trabajo.
Se comenzará introduciendo nuestro tema, ilustrando brevemente las teorías, dominantes en los siglos XVII y XVIII, propuestas por los mercantilistas y, posteriormente, se pasará a discutir las ofrecidas por los clásicos, en primer lugar la teoría de la compensación. En el segundo párrafo se estudiará el pensamiento neoclásico, en el tercero el de Keynes y Schumpeter, en el cuarto se hará referencia a estudios teóricos más recientes.
Para concluir, en el último párrafo, se intentará dar una visión general de tipo comparativo acerca del pensamiento de los principales autores de las diversas escuelas mencionadas en esta sede, además, se propondrá un esquema resumen general que permita comparar la evolución de las diferentes variables que, según las diversas teorías económicas, influyen en el vínculo entre progreso técnico y ocupación.
1.1. La hipótesis de compensación de los efectos: de los mercantilistas a los clásicos
1.1. La hipótesis de “compensación” de los efectos: de los mercantilistas a los clásicos
Ya los mercantilistas abordaron la relación entre ocupación y cambio técnico: este último se definía entonces como “Simplificaciones de las Artes”.
Estos generalmente eran vistos con favor ya que, como afirmaba Sir William Petty², permitían que “un solo hombre realizara el trabajo de cinco hombres” (Petty, 1690).
Sin embargo, tan pronto como se manifestaron consecuencias negativas en la ocupación, se pensó en promulgar legislación restrictiva sobre el uso de máquinas.
El propio Colbert³ se opuso a la introducción de máquinas (por él definidas como “enemigas del trabajo”) en las empresas privadas y, en este sentido, desarrolló una legislación llamada antimáquinas. Por el contrario, promovió su adopción en las empresas públicas “para acortar tiempos y ahorrar costos”.
Los mercantilistas observaban las ventajas de una superioridad tecnológica a nivel del comercio internacional, pero al mismo tiempo temían perturbaciones sociales debidas a la sustitución de mano de obra.
Su contribución, en ciertos aspectos, sentó las bases para el pensamiento posterior y más articulado de los clásicos.
En 1767 James Steuart, por ejemplo, anticipó en medio siglo el pensamiento de Ricardo, explicando cómo una mecanización repentina podría conducir a un desempleo temporal. Se dio cuenta de que el uso de máquinas podría reducir costos y, por lo tanto, precios, pero que rara vez se encontraba una conexión explícita con la demanda de trabajo, para poder así prever de manera inequívoca el signo y la magnitud del cambio final.
Por un lado, no se negaba la ventaja en términos de competitividad de precios de los bienes obtenidos mediante el empleo de máquinas, por otro, se intuían las incertidumbres sobre los resultados finales en el frente laboral, que estos mismos podrían conllevar: “Si estos tienen el efecto de quitar el pan a cientos, previamente empleados en realizar operaciones simples, también tienen el efecto de dar pan a miles” (Steuart, 1767, libro I, pág. 256).
De hecho, en el largo plazo se habrían verificado efectos compensatorios (gracias al aumento del empleo en las empresas que producen máquinas y gracias a la reducción de precios, que habría incrementado la demanda), pero, a diferencia de lo que posteriormente asumirían los defensores de la ley de mercados de Say⁵, Steuart dudaba que los mercados siempre se equilibraran.
Al contrario, consciente de que el problema del reempleo de los trabajadores desempleados por las máquinas no podía resolverse automáticamente, argumentaba que debería ser el gobierno quien enfrentara y resolviera la cuestión.
Correspondía al estadista “evitar que los cambios en los procesos y productos dañaran los intereses comunes por sus…consecuencias naturales” (ídem, pág. 120).
Steuart argumentó que debería considerarse como una cuestión de reasignación de trabajadores entre los diferentes sectores productivos; dado que “una máquina introducida en una industria hacía superfluo en ese sector personal que podría emplearse rápidamente en otro” (ídem, pág. 120). No explicó la razón, ni aclaró cómo debería fomentarse la movilidad entre varios sectores, pero fue siempre este autor quien intuyó por primera vez que un obstáculo para el reempleo de los desempleados puede surgir de las diferentes capacidades requeridas por las distintas ocupaciones, reiterando que el Estado debe aliviar las dificultades de estas transformaciones.
Los economistas clásicos defendían la validez de la teoría de la compensación⁶, es decir, el carácter temporal de los sacrificios que deben ser soportados por los trabajadores debido a los efectos directos que el progreso técnico produce en la fuerza laboral ocupada.
Creían que la introducción de máquinas en el corto plazo reducía el empleo, pero que en el largo plazo la pérdida de puestos de trabajo no permanecía de manera permanente, porque los trabajadores expulsados por las máquinas reentraban en el proceso productivo para producirlas y para responder al aumento de la demanda, determinado por la disminución de precios causada por las nuevas tecnologías.
En esta óptica, la compensación de los efectos era un mecanismo endógeno y no requería comportamientos particulares de las diversas clases.
Sustancialmente, el desempleo tecnológico para los clásicos podría ocurrir cuando no se verifica un aumento de la producción capaz de reabsorberlo (debido a un incremento insuficiente de la demanda global), u ocurre porque hay una oferta de capital insuficiente para este fin.
En 1776 la obra de Adam Smith⁷ marcó el nacimiento del pensamiento económico moderno. La revolución industrial, que comenzó en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII, transformó rápidamente las relaciones y métodos de producción industrial, marcando la transición de una economía de intercambio a una basada en el sistema de fábrica.
Con respecto a la relación entre la introducción de máquinas y la ocupación, Smith no veía como inevitable la hipótesis del desempleo tecnológico. Creía sustancialmente que los incrementos de productividad⁸, al aumentar la producción, podrían dejar inalterado el número de ocupados, si el mayor producto obtenido hubiera sido completamente colocado en el mercado: “Este gran aumento en la cantidad del producto, dado por la división del trabajo, es generado por el mismo volumen de ocupados por tres razones:
- por el aumento de la destreza de cada operario individual;
- por el ahorro de tiempo, que normalmente se pierde al pasar de una especie de operación a otra;
- por la invención de un gran número de máquinas que facilitan y reducen el tiempo de trabajo” (Smith, 1776, pág. 6).
Según este razonamiento, podría existir desempleo tecnológico solo en el caso de que el mercado fuera incapaz de absorber completamente la mayor producción resultante del cambio tecnológico.
En el pensamiento smithiano, la división del trabajo está en el centro de la actividad inventiva porque permite concentrar la atención en una sola función u ocupación, mejorando así los rendimientos.
Es vista sustancialmente como especialización, a través de la cual se expresa mejor el vínculo entre los distintos niveles de producción y los diversos tipos de capacidades de los trabajadores.
En su esquema teórico de la estructura industrial, examinada por él en la subdivisión entre sectores y ramas, Smith considera diversos grupos de trabajadores, cuyas competencias específicas intervienen útilmente en la producción.
En conclusión, el autor ve el factor trabajo como un conjunto heterogéneo, ya que quienes participan en el proceso productivo tienen capacidades diferentes y un grado diferente de cualificación.
El pensamiento de Smith influyó notablemente en el debate que surgió poco después sobre el desempleo tecnológico, también por los diversos eventos históricos del período.
En marzo de 1812 se produjo el primer motín social organizado contra el uso de máquinas en una aldea de Nottingham, Inglaterra. Este movimiento, que fue llamado “ludismo” por el nombre de su legendario líder, el obrero Ned Ludd, se oponía a la introducción de un nuevo gran telar para calcetería (la Spinning Jenny) en la industria de confección doméstica.
Era una revuelta contra la pérdida de empleo y la baja calidad del producto, realizada por trabajadores independientes altamente cualificados. Se defendían de la extensión de las máquinas, que permitía el reclutamiento masivo de mujeres y niños en sustitución de la mano de obra cualificada.
El “General Ludd” argumentaba que el deterioro de la calidad habría determinado la pérdida de muchos mercados y un mayor declive laboral.
El movimiento estaba bien organizado y obtuvo cierto éxito, lo que causó gran alarma: se invocaba cada vez más la doctrina de la economía clásica para justificar las acciones represivas contra los luditas (que fueron castigados con la muerte) y contra los sindicatos.
Este fue el contexto que dio lugar al pensamiento y obra de David Ricardo⁹, economista clásico que fue el primero en explicitar un cambio de opinión, respecto a las teorías anteriores, sobre la cuestión del impacto ocupacional de la innovación.
En 1821 Ricardo en la tercera edición de sus Principios¹⁰ afirmó claramente que la introducción de innovaciones tecnológicas podía dañar a los trabajadores, ya que el alto costo de los maquinarios, al reducir el fondo de salarios, podría crear desempleo.
Ricardo argumentó, más precisamente, que la sustitución de máquinas por trabajo humano era, en general, perjudicial para los intereses de la clase trabajadora, mientras que normalmente era ventajosa para los capitalistas y terratenientes. Al respecto provocó una acalorada disputa afirmando: “La opinión, propia de la clase trabajadora, de que el empleo de maquinarias sea a menudo perjudicial para sus intereses, no está basada en prejuicios o errores, sino que está alineada con los principios correctos de la economía política” (Ricardo, 1817, pág.392).
El razonamiento se basa en el supuesto de que el incremento del producto neto, generado por el cambio técnico (del cual se benefician solo los terratenientes y capitalistas) no necesariamente va acompañado de un incremento del producto bruto (del cual depende, en cambio, el ingreso total y el nivel del empleo global): al contrario, este puede incluso disminuir.
Ricardo demuestra que la introducción de máquinas lleva a un cambio en la composición del capital, transformando parte del mismo de circulante a fijo.
Si el capital total es dado, el aumento del fijo reduce la cuota de capital circulante destinada al mantenimiento de los trabajadores (fondo de salarios), por lo tanto conduce a una reducción del empleo.
Si el uso de nuevas tecnologías (y por lo tanto de una nueva técnica de producción) asegura las mismas ganancias de la técnica anterior, aunque con una producción menor, entonces el capitalista puede considerarse satisfecho, mientras que los trabajadores se ven dañados por lo que Ricardo llama “desempleo por mecanización”.
Para aumentar el capital circulante existe la posibilidad de aumentar el capital total: esto depende de una propensión al ahorro positiva del capitalista y de la disminución de precios¹¹.
Pero, si estas dos condiciones no se verificaran, se generaría desempleo debido a desajustes temporales e inflexibilidad de los mecanismos laborales, directamente consecuentes a limitaciones de la oferta. En cualquier caso, en esa época, Ricardo se sintió obligado a modificar su formulación algo severa y a notar los efectos compensatorios a largo plazo.
La introducción de máquinas favorece la disminución de precios de las mercancías, ya que reduce el costo de producción; así, a paridad de ingresos nominales y necesidades, el capitalista podrá ahorrar más.
El aumento del capital permite incrementar el empleo. Incluso, si la producción aumentara, gracias a las máquinas, tanto como para proporcionar en forma de producto neto el mismo volumen de bienes anteriormente tenido como producto bruto, no habría necesariamente tampoco desempleo.
Fundamentalmente, Ricardo considera que máquinas y trabajo están en competencia constante entre sí y que la introducción de máquinas en la producción de mercancías depende del precio del trabajo. En conclusión, en el esquema ricardiano el progreso técnico es ahorrador de trabajo con respecto a las producciones interesadas en el cambio tecnológico. La posibilidad de reabsorción de los trabajadores “liberados” depende de la dimensión del producto neto que determina el nivel de acumulación del capital, de la cuota de este destinada a capital circulante y del nivel de la demanda de bienes y servicios. En algunos casos, todos estos elementos podrían favorecer la reabsorción del “desempleo por mecanización” a través del crecimiento del empleo total.
Otro de los autores fundamentales del pensamiento económico inserido dentro de la línea clásica fue Karl Marx¹².
Consideró que el progreso técnico fuera una variable fundamental de todo el sistema económico. En este sentido, el capitalismo se caracterizaba por una búsqueda continua de nuevos productos y procesos industriales.
Puso énfasis especialmente en la importancia de las transformaciones sociales causadas por las “revoluciones tecnológicas”.
Marx evidenció que los agrios conflictos en el mercado laboral pueden llevar a una aceleración de los procesos de mecanización, con una consecuente expulsión de numerosos trabajadores del proceso productivo (Marx, 1952, I, cap. XIII, 5).
Según su visión, la competencia entre empresarios hace que ellos mismos adopten técnicas de cada vez mayor intensidad de capital, ejerciendo indirectamente una presión a la baja en los salarios: “Cuanto más crece el capital productivo, tanto más se extienden la división del trabajo y el empleo de máquinas. Cuanto más se extienden la división del trabajo y el empleo de máquinas, tanto más se extiende la competencia de los obreros, tanto más se contrae su salario” (Marx, 1849).
Marx además subrayó que la acumulación del capital, base del desarrollo económico, provoca el incremento de la composición orgánica del capital, es decir, de la relación entre capital fijo y variable.
Esto se traduce en una disminución relativa de la demanda de fuerza laboral y, por lo tanto, en un aumento del desempleo. Se crea así un ejército industrial de reserva, cuya dimensión varía en las distintas fases del ciclo económico.
En conclusión, para Marx el desempleo tecnológico es provocado por una sustitución progresiva de máquinas por trabajo.
Nota 1: La expresión “mercantilista” fue utilizada por primera vez por Adam Smith para indicar la política proteccionista de los Estados europeos del 1700. Los mercantilistas eran un conjunto heterogéneo de autores vividos entre el siglo XVI y XVIII; muchos de ellos desempeñaron funciones en la vida pública de sus respectivos países.
Nota 2: Sir William Petty (1623 – 1687) se ocupó de economía política y fue un pionero de la estadística. Afirmó la importancia de la observación y medición numérica de los agregados económicos. Fue parte del ejército de Oliver Cromwell y participó en la expedición que reprimió la revuelta irlandesa.
Nota 3: Jean Baptiste Colbert (1619 – 1683) fue ministro de finanzas del rey Luis XIV durante 22 años. Fue uno de los principales exponentes del pensamiento mercantilista
Nota 4: James Steuart aceptó una responsabilidad de gobierno para mantener estable el empleo, mediante una serie de medidas intervencionistas.
Nota 5: La ley de mercados de Say afirma que es la oferta la que genera su propia demanda. En este caso, no podrían haber situaciones de desequilibrio.
Nota 6: Esta teoría expresa la tesis central del pensamiento neoclásico sobre los efectos del progreso técnico en la ocupación. Los exponentes de esta línea de pensamiento la tratarán y desarrollarán completamente. Creemos pues más apropiado posponer su tratamiento en el subpárrafo 1.2.1.
Nota 7: Adam Smith (1723 – 1790) fue el fundador de la economía moderna. Escribió como hito de la teoría económica Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations.
Nota 8: Por productividad se entiende la cantidad de producto obtenida por cada unidad de trabajo introducida en el proceso productivo.
Nota 9: David Ricardo (1772 – 1823) fue economista y hombre político inglés, defensor del liberalismo. Se ocupó de cuestiones relativas a la renta, los aranceles agrarios, el comercio internacional. Influyó en el pensamiento político de Marx.
Nota 10: En su obra más importante, On the Principles of Political Economy and Taxation, Ricardo trató en el capítulo XXXI (on Machinery) el argumento de la introducción de máquinas en los procesos productivos.
Nota 11: Para Ricardo, lo que debe aumentar son los salarios reales y, ya que los ingresos monetarios se asumen constantes, debe disminuir el nivel de precios.
Nota 12: Karl Marx (1818 – 1883) fue economista y filósofo. Elaboró una filosofía completa, el “materialismo
1.2. La compensación en la flexibilidad de precios y salarios: los neoclásicos
1.2. La compensación en la flexibilidad de precios y salarios: los neoclásicos
La teoría de la compensación, formulada por los neoclásicos, se basa en algunos supuestos fundamentales que, principalmente, se sostienen en la ley de mercados de Say: en particular, se postula la flexibilidad de precios y salarios, como mecanismo de ajuste capaz de reabsorber el desempleo inicialmente creado por la introducción de máquinas.
Otras hipótesis importantes puestas en la base del razonamiento neoclásico son las de la competencia perfecta de todos los mercados y la tendencia de estos a realizar siempre el equilibrio, a menos de la existencia de “fricciones”.
Además, se hipotiza la perfecta sustituibilidad entre los factores de producción.
Charles Babbage¹ debe ser ciertamente anotado entre los sostenedores de la compensación. Su tratado Sobre la economía de las máquinas y de la producción (1832) es el apogeo de la aplicación del sistema científico a la vida económica. Conocía profundamente muchos procesos industriales y abordó con originalidad el tema del desplazamiento de mano de obra por mecanización: para él, insertar maquinaria era, de hecho, solo una forma incompleta de aumentar la productividad del trabajo.
La primera edición de su obra tuvo tal éxito que después de pocos meses salió una segunda, en la cual agregó un capítulo Sobre el efecto de las máquinas en la reducción de la demanda de trabajo.
Al inicio de este capítulo, tiene plena confianza en la teoría de la compensación sosteniendo: “En los países donde las ocupaciones están divididas y la división del trabajo está implementada, la última consecuencia de las mejoras de máquinas es casi invariablemente causa de una mayor demanda de trabajo” (Babbage, 1835, pág. 335).
Según él, tal efecto positivo derivaba del aumento de la demanda ligado a la reducción de precios.
Fue un precursor del reparto de ganancias y la participación de la mano de obra en las decisiones sobre producción para evitar el peligro del desempleo.
Knut Wicksell, gran economista sueco, también defensor de la teoría de la compensación, argumentó que eran los salarios (y no los precios) los que la ponían en marcha. Se basó en la ley de la productividad marginal de los factores productivos².
Debido a la expulsión de trabajadores por la implementación de innovaciones técnicas, la oferta de trabajo aumenta respecto a la demanda: de ello resulta una disminución de los salarios. Este cambio en la remuneración del trabajo respecto a la del capital, estimula la demanda de trabajo, cuyo uso es ahora más conveniente precisamente en las producciones que aún emplean métodos productivos menos innovadores: el desempleo generado por el cambio tecnológico es parcialmente reabsorbido por las contrataciones de trabajadores con salario reducido.
Además, la baja de precios conduce a una ampliación ulterior, primero, de la demanda global, luego, de la producción y, finalmente, del empleo.
Si, sin embargo, hubiera una eventual rigidez de salarios hacia la baja, debido a políticas sindicales o legislativas o al rechazo de individuos a trabajar por un salario considerado inadecuado, entonces se generaría desempleo, que por lo tanto no puede ser atribuido en sí mismo al progreso tecnológico.
Nota 1: Charles Babbage, sucesor de Newton en la cátedra de Matemáticas de Cambridge, fue un excelente matemático y economista. Inventó la primera calculadora mecánica.
Nota 2: La ley de la productividad marginal, como se verá más adelante, hipotiza dados todos los precios de los factores de producción, su combinación de “costo mínimo” será dada por la condición de que los productos marginales de los factores sean proporcionales a sus precios.
1.2.1. Los diversos mecanismos de compensación
Desde su primer debut, la teoría ha detectado la existencia de fuerzas económicas que pueden espontáneamente compensar la disminución inicial del empleo, debido al progreso técnico. Se han identificado seis tipos de mecanismos de compensación (Vivarelli – Pianta, 2000), de los cuales ya hemos analizado dos. El primer mecanismo de compensación visto es el que se realiza “vía disminución de precios”: es la posición general propia de la teoría neoclásica. Se sostiene que, por una parte, las innovaciones desplazan a los trabajadores y que, por otra parte, conducen a la disminución de costos unitarios y precios y, posteriormente, al aumento de la demanda, producción y empleo. El segundo mecanismo de compensación es el propuesto por Wicksell “vía disminución de salarios”: el efecto negativo directo de las tecnologías ahorradoras de trabajo en el empleo, puede ser compensado positivamente por una disminución de salarios, que induzca la adopción de técnicas de producción intensivas en trabajo. Un tercer mecanismo de compensación es el conocido como “vía nuevas máquinas”: las mismas innovaciones que desplazan a los trabajadores en las industrias que las introducen, crean nuevo empleo en los sectores primarios, en los cuales tales maquinarias se producen. El cuarto mecanismo que permite la compensación es para nosotros conocido como “vía reinversión de ganancias” o “vía nuevas inversiones”: si la reducción de costos debida al progreso técnico no es completamente transferida a los precios, las empresas innovadoras acumulan ganancias extraordinarias, que si se reinvierten llevan al aumento de la producción y generan nuevos puestos de trabajo. El quinto modo para compensar el empleo perdido con el progreso es dicho “vía incremento de ingresos¹”: el aumento de la productividad, ligado a la introducción de nuevas tecnologías, es transferido a salarios más altos, estimula el consumo, la producción y el empleo, tanto como para poder también compensar las pérdidas iniciales de trabajo. El sexto y último mecanismo de compensación para nosotros manifiesto es el “vía nuevos productos”: el cambio tecnológico no siempre equivale a innovaciones de proceso, puede también asumir la forma de creación y comercialización de nuevos productos, caso en el cual se desarrollan nuevos sectores económicos y nuevos puestos de trabajo. Naturalmente, todos estos mecanismos pueden funcionar en su totalidad o en parte, según las diferentes circunstancias. En esta óptica, ya no tiene sentido ni la línea pesimista, basada en el miedo de que las actuales formas de compensación hayan debilitado la correlación positiva entre crecimiento y empleo, ni la línea optimista, según la cual existe realmente en el largo plazo una compensación de los puestos de trabajo, que han sido perdidos a causa del progreso técnico en el corto plazo. De hecho, los efectos duraderos del cambio tecnológico no pueden ser deducidos ni del inicial despido de trabajadores debido a la innovación labour-saving de la tradición pesimista, ni de las agudas observaciones basadas en la evidencia agregada o microeconómica de la optimista.
En conclusión, una actitud abierta es un punto de partida esencial para el estudio de la relación entre cambio tecnológico y ocupación.
1.2.2. Productividades marginales y técnicas de producción
Hicks escribe que un empresario que deba elegir entre dos técnicas productivas elegirá la menos costosa y, posteriormente, agrega también “la ley de la productividad marginal nos dice que, hipotizando dados todos los precios de los factores de producción, su combinación de ‘costo mínimo’ será dada por la condición de que los productos marginales de los factores sean proporcionales a sus precios” (Hicks, 1936).
Tabla 1.1 – El mecanismo de elección de la técnica productiva según los neoclásicos.

La tabla 1.1 describe el mecanismo de elección de una técnica productiva sostenido por los neoclásicos.
El empresario evaluará la relación entre productividad marginal y precio del trabajo comparativamente a la del capital.
Por lo tanto, se pasará de la técnica a a la técnica b, cuando se tiene una situación en la cual:

En conclusión, debería abandonarse la técnica a, cuando un aumento del salario (w), a paridad de productividad marginal del trabajo (Pmg N) u una disminución de esta productividad, a paridad de salario, induzca al empresario a modificar la técnica productiva hacia un uso relativo mayor de capital (técnica b).
Según Marshall, estos movimientos solo podrán verificarse en el largo plazo, en relación a una posible variación del stock de capital disponible (Marshall, 1920).
En cualquier caso, puede ser precisamente un cambio de técnicas el que repercuta en la productividad de los factores, precios relativos y cantidades demandadas. Al respecto, Wicksell precisa que la maquinaria puede alterar las productividades marginales de los factores y, por lo tanto, sus cuotas de división del producto (Wicksell, 1950).
Nota 1: Este mecanismo, en contraste con el vía disminución de salarios, fue propuesto por Keynes y Kaldor.
1.3. Del corto plazo de Keynes a las teorías schumpeterianas de la innovación
1.3. Del corto plazo de Keynes a las teorías schumpeterianas de la innovación
En la Teoría General del Empleo, del Interés y del Dinero (1936) John Maynard Keynes¹ no examinó directamente el problema de las inversiones destinadas a la introducción de nuevas tecnologías.
No comprendió el papel por ellas jugado en el incremento de la eficiencia marginal del capital.
Esto sorprende especialmente porque seis años antes en el Tratado del Dinero (1930) Keynes había aceptado inequívocamente la explicación dada por Schumpeter sobre los orígenes principales de las inversiones en sociedades capitalistas.
Es en esta obra que Keynes sostiene que “los empresarios son inducidos o disuadidos a embarcarse en la producción de capital fijo por las expectativas de ganancias que de ello derivarán.”
Lo que sorprende es que ni Keynes ni los keynesianos hayan dado seguimiento al reconocimiento del papel determinante de la innovación técnica.
En la Teoría retrocedió a una posición en la cual descuidaba la tecnología, la consideraba como dada, precisamente mientras presentaba un concepto muy artificial como el del declive secular de la eficiencia marginal del capital, separándolo completamente de los cambios técnicos reales o de la composición de los capitales.
De acuerdo con esta afirmación, para los keynesianos se volvió indiferente cuáles fueran las nuevas tecnologías y las industrias de crecimiento más rápido.
De aquí surgió el punto principal de la objeción de Schumpeter².
Al contrario de Keynes y los neoclásicos, pero conforme a lo afirmado por Marx, el progreso tecnológico está en el pensamiento de Schumpeter en el centro de las dinámicas de nuestro sistema económico. Mientras que para los primeros, el crecimiento se limita a acompañar la emergencia de nuevas industrias y tecnologías, para este autor el sistema es impulsado por tales innovaciones y su difusión.
La relevancia de la obra de Schumpeter consiste en haber propuesto una teoría del cambio económico en el tiempo.
Partiendo de los comportamientos de cada productor, innovador o no, elaboró una teoría de la innovación a nivel de empresa.
Por innovación el economista entiende múltiples formas de cambio: la introducción de nuevos productos, la innovación de procesos (cambios en la tecnología para producir bienes ya comercializados), la apertura de nuevos mercados o nuevas fuentes de suministro, la taylorización³ del trabajo, un mejor uso de materias primas u también nuevas formas de organización comercial (Schumpeter, 1939). Por innovación tecnológica Schumpeter se refiere directamente al cambio en las técnicas de producción. Schumpeter considera la innovación como el rasgo distintivo de la sociedad capitalista, lo que la diferencia de una situación de “equilibrio estacionario”.
En su esquema teórico, el autor introduce bien cuatro hipótesis importantes: en la primera, las innovaciones conllevan la construcción de nuevas plantas y equipos y requieren un notable gasto de tiempo y dinero.
En la segunda hipótesis, Schumpeter sostiene que antes de introducir las innovaciones no existe concretamente ningún recurso no utilizado por el proceso productivo.
La tercera hipótesis es aquella según la cual las innovaciones se incorporan en “nuevas” empresas, que se colocan al lado de las “viejas”, generando dentro de la industria una lucha de competencia, debido al abatimiento de las curvas de costo total unitario, dado precisamente por el progreso tecnológico.
Más precisamente, son las innovaciones las que bajan las curvas de costos medios y provocan la lucha entre empresas y el trastorno de la estructura industrial existente. En Capitalismo, socialismo y democracia (1943) el autor dice que “la competencia creada por la nueva mercancía, por la nueva técnica, por la nueva fuente de suministro, por el nuevo tipo organizativo…condiciona una ventaja decisiva de costo y de calidad” (pág. 80).
En su cuarta hipótesis, Schumpeter sostiene que los empresarios sean “hombres nuevos”⁴ que realizan concretamente las innovaciones. En la Teoría del desarrollo económico (1912) define empresario a quien “introduzca una nueva combinación”.
Los empresarios no forman una clase social, la suya no es una profesión ni tampoco una condición duradera.
Su identidad está estrictamente ligada al actuar innovador y cesa cuando tal forma de actuar se agota.
La capacidad de innovar del empresario es remunerada por la ganancia, que le corresponde ya que es el fruto de su acción creadora. Esta “es la expresión del valor de la contribución del empresario a la producción” (Schumpeter, 1912).
Con la hipótesis de los “hombres nuevos” se explica por qué las innovaciones no son introducidas simultáneamente por todas las empresas, sino solo por algunas (las “nuevas” empresas) y luego, pasando por una fase de imitación, se difunden a toda la estructura productiva.
Esto ocurre porque innovar no es simple, ya que el ambiente circundante coloca cierta resistencia ante las novedades, mientras que acepta con benevolencia neutral la repetición de actos acostumbrados. De aquí, la genialidad y relevancia de la contribución del empresario innovador. En conclusión, Schumpeter coloca el emprendimiento como el único elemento activo del proceso de desarrollo; se encarna en la figura del empresario innovador y reduce toda otra figura social a un papel subordinado en el proceso de evolución del sistema.
Fijadas las hipótesis, examinemos pues la teoría del cambio económico. Para construir la nueva planta e introducir maquinaria moderna (que ordena a las empresas existentes), el empresario se hace prestar los fondos necesarios a los capitalistas.
El camino de la innovación es más simple, otros empresarios deciden adoptar técnicas de producción de mayor intensidad de capital.
Dado que inicialmente no existen recursos no utilizados, los precios de los factores de producción (salario nominal y tasa de interés) aumentan por el incremento de la demanda.
Cuando las nuevas mercancías de la primera empresa entran en el mercado, son compradas precisamente al precio en el cual el empresario esperaba venderlas: comienzan a aparecer las ganancias. Las nuevas empresas entran en funcionamiento una tras otra e incrementan la producción total de bienes de consumo, que había sido previamente disminuida para producir plantas y maquinaria. Así se tiene aquel desequilibrio que estimula el proceso de reorganización de toda la industria: las empresas existentes inician un doloroso proceso de modernización y racionalización.
Mientras surjan nuevas empresas, sin embargo, que vierten su flujo de gasto en el sistema, son compensados los efectos negativos de la innovación (es decir, el desempleo de reestructuración).
En conclusión, Schumpeter afirma que el medio principal de reabsorción de este tipo de desempleo es el gasto del empresario, que se reduce a medida que los nuevos productos entran en el mercado y los reembolsos de las deudas contraídas inicialmente aumentan. Esto lleva a una “zona de equilibrio” de la cual reiniciará la actividad empresarial. De toda la teoría del cambio económico, resulta claro cómo Schumpeter viera el proceso innovativo como una fuerza desequilibradora del sistema económico, en lugar de como un tipo de transformación uniforme e incessante.
Justificó formalmente a tres niveles esta su visión. Ante todo, las innovaciones tienden a concentrarse casi exclusivamente en algunos sectores clave y en su ambiente circundante. De ello resultan asimetrías y discordias, que causan problemas de ajuste estructural entre los diversos sectores de cada economía en crecimiento.
En segundo lugar, el proceso de difusión representa el medio a través del cual las innovaciones generan las mayores fuentes de inversión y de crecimiento del producto. Su evolución es intrínsecamente irregular con características de ciclicidad. De hecho, generalmente el lanzamiento de un nuevo producto se caracteriza a menudo por un inicio lento, pero generalmente seguido por un rápido crecimiento, debido a cierto “efecto de arrastre” sobre los imitadores.
Finalmente, las expectativas de ganancia cambian durante el período de crecimiento, ya que el proceso de imitación erosiona los márgenes de ganancia de los innovadores. La saturación del mercado hace reducir la producción, la rentabilidad y la fuerza de atracción de otros inversiones.
Fundamentalmente, las innovaciones constituyen el elemento de transformación orgánica de la industria.
Constantemente destruyen desde adentro y transforman las estructuras económicas destruyendo lo viejo y creando lo nuevo.
La innovación genera mayor producción social, la misma suma total de ingresos nominales, un nivel menor de precios (el cambio económico es iniciado por la variación de precios, no por la de salarios nominales).
Es evidente que los resultados a largo plazo del esfuerzo innovativo han sido transferidos a los consumidores bajo la forma de un incremento del ingreso real. En suma, innovar tiene un efecto neto positivo en el sistema económico en términos de mayor bienestar. Al respecto, en Capitalismo, Socialismo, Democracia afirma que: “El proceso capitalista, …en virtud de su mismo mecanismo, determina un aumento progresivo del nivel de vida de las masas…de cualquier manera” (Schumpeter, 1943). Schumpeter puso de relieve el hecho de que el progreso técnico consista en la creación de nuevos productos e industrias, es decir, en lo que él definió propiamente “destrucción creativa”. Esta elimina puestos de trabajo en las viejas industrias y los crea en las nuevas. “Este mecanismo de destrucción creativa es el hecho esencial del capitalismo, aquello en lo que el capitalismo consiste” (Schumpeter, 1977, pág. 79).
Para Schumpeter, el proceso de cambio económico del sistema consiste en la reiteración sistemática de dos fases de considerable peso: la primera, la fase de prosperidad, ve el alejamiento de una posición de equilibrio por la solicitación de la actividad innovadora del empresario, mientras que la segunda, que es conocida como fase de recesión, consiste en el acercamiento del sistema a otra posición de equilibrio. Ambos estadios son fruto de dos tendencias opuestas y naturales al capitalismo, que son la lucha de competencia y la competencia perfecta.
En la primera fase, la competencia, generada por el actuar innovativo, desequilibra el sistema y genera ganancias, produciendo una fase de prosperidad cíclica, caracterizada a nivel laboral casi por pleno empleo. En cambio, en la segunda fase, la competencia es perfecta y se basa en el actuar racional de tipo imitativo.
Abre una fase de estatización, que tiende a devolver el sistema al equilibrio estacionario, mediante la igualación de ganancias y su progresivo anulamiento.
En esta segunda fase, aunque en competencia perfecta, aunque al inicio del proceso de cambio económico todos los recursos productivos estaban utilizados, hay desempleo.
Un fenómeno similar de desequilibrio del mercado laboral es expresado por Schumpeter de tal manera: “Nuestra empresa, casi necesariamente se encuentra en posición imperfecta, aunque el sistema en otros aspectos sea perfectamente competitivo” (Schumpeter, 1939, pág. 135).
Afirma que el comportamiento de los sujetos económicos está caracterizado por incertidumbre incluso en régimen de competencia perfecta, ya que la realidad cambia incessantemente y esto constituye un elemento interno de indeterminación. Una consecuencia directa de esto es que paradójicamente el sistema está más cerca del equilibrio, donde está fuertemente desequilibrado por los efectos del progreso tecnológico, que en la fase de depresión, cuando hay competencia perfecta y desempleo.
Claramente, Schumpeter atribuyó el surgimiento del desempleo a las transformaciones tecnológicas. Sin embargo, como las invenciones relevantes ocurren a intervalos cíclicos, también las fases de ascenso de las inversiones ocurrirán en intervalos de tiempo periódicos: resultan fluctuaciones cíclicas de la evolución del desarrollo económico y, por lo tanto, del empleo “cíclico”. En este punto resulta claro que, para Schumpeter, el desempleo cíclico y el tecnológico coincidan.
Precisamente a este respecto, pudo sostener con autoridad: “El desempleo tecnológico…, conectándose…con la innovación, es por su naturaleza cíclico. En nuestros análisis históricos, …los períodos prolongados de desempleo por encima de la media coinciden con los períodos en los que los resultados de las invenciones se difunden en el sistema…como en los años veinte y ochenta del siglo diecinueve” (Schumpeter, 1939)⁵.
Schumpeter se refiere a esos años, ya que consideraba el fenómeno laboral con referencia a ciclos largos (de medio siglo), que cita como “ciclos de Kondrat’ev⁶”. Schumpeter los reconecta con el cambio técnico, ya que el proceso de difusión de cada nueva tecnología importante requiere incluso algunos decenios para realizarse.
Según Schumpeter, los ciclos largos eran una sucesión de transformaciones tecnológicas⁷ del sistema económico, que necesitaban de aquel profundo cambio estructural que era dado por la destrucción creativa, a través de las que él define “sucesivas revoluciones industriales”.
La difusión de las nuevas tecnologías podría explicar las ondas largas del desarrollo económico, si tales innovaciones tuvieran un impacto trastornador en todo el sistema.
Kondrat’ev sugirió que debían ser imponentes y requerir abundantes tiempos de difusión (como la electricidad o el ferrocarril) para poder transmitir a la economía un impulso hacia arriba.
Naturalmente, además de sus efectos directos, las innovaciones influirían en las expectativas y oportunidades de casi todos los sectores.
Finalmente, la pregunta que se plantea Schumpeter es si la política económica puede resolver los problemas laborales del sistema.
Cree que el desempleo cíclico es un elemento constitutivo ineliminable del proceso de desarrollo y que, por lo tanto, solo puede considerarse como un costo social del cual la sociedad entera deba hacerse cargo.
Una alta tasa de desempleo sigue a las fases de prosperidad en períodos de adaptación, por lo tanto es sustancialmente un evento pasajero. Sin embargo, temporal o permanente, el desempleo es experimentado como una calamidad en cualquier caso.
La gravedad del fenómeno viene dada por la imposibilidad de proveer adecuadamente a los desempleados, sin dañar las premisas de un desarrollo económico ulterior.
Las soluciones propuestas por Schumpeter al problema son a favor de facilidades de movilidad profesional y territorial (que, si estuviera ausente, podría generar desempleo, al menos en el corto plazo), y de un plan de intervención en apoyo de la población sin trabajo, a través de un uso adecuado de los recursos excedentes que el desarrollo capitalista libera.
Según lo puesto de manifiesto en las diversas obras schumpeterianas, se iba afirmando cada vez la convicción de que las transformaciones ligadas a las nuevas tecnologías, generando un incremento de la productividad del trabajo, tendían a reducir la cantidad de trabajo necesaria para producir una unidad de producto.
Gregory, en un artículo de 1930, sostuvo también que las “imperfecciones” del mercado y las condiciones tecnológicas determinaran cierta cantidad de desempleo permanente. Por lo tanto, en el análisis del desempleo tecnológico, se abrió, junto a la hipótesis tradicional de compensación, un nuevo camino que contemplaba la idea del desempleo estructural.
Emil Lederer⁸ (1931) desarrolló las ideas de Schumpeter, mostrando la firme voluntad de cerrar con la teoría de la compensación, considerada de cierta relevancia solo en una óptica estática, para enfrentar un análisis dinámico de la relación existente entre progreso técnico y ocupación.
Profundizó particularmente el concepto de desempleo estructural por sus fuertes vínculos con el progreso técnico, poniendo el énfasis específicamente en la distinción entre empresas estáticas y empresas innovadoras.
Las olas de progreso técnico determinan efectos diversos sobre ellas: en las empresas estáticas, hay una desaceleración del crecimiento de la producción, del empleo y del capital, contemporáneamente en las empresas innovadoras (que sustituyen capital por trabajo), se detecta una reducción del empleo: es por esto que en el sistema productivo se crea desempleo (Palmerio, 1987).
A cerrar idealmente el debate de los años treinta sobre desempleo tecnológico fue Hansen⁹ en 1932. Reiteró en el contexto de la teoría neoclásica, centrada en la sustituibilidad de los factores productivos y en la importancia de los mecanismos de mercado, que “las innovaciones tecnológicas perturban el correcto mecanismo de determinación de los precios de los factores de producción. …Un sistema flexible entre salario y tasas de interés y un aumento de las nuevas inversiones son los instrumentos principales a través de los cuales el trabajo, desplazado por las innovaciones tecnológicas, es…reabsorbido” (Hansen, 1932, pp. 27-29).
Colocado en tal óptica, el problema del desempleo tecnológico ya no tiene ningún sentido: es reemplazado por un concepto de desempleo friccional. De hecho, Hansen concede mucho a la interferencia de obstáculos de naturaleza institucional y al mal funcionamiento de los mercados.
Nota 1: John Maynard Keynes (1883 – 1946) fue uno de los economistas más influyentes de todos los tiempos. Fue uno de los primeros autores que argumentó la necesidad de la intervención estatal mediante medidas apropiadas para combatir la depresión, en contraste con lo que hasta entonces había sido afirmado por la teoría del laissez-faire.
Nota 2: Joseph Alois Schumpeter (1883 – 1950) fue un conocido economista austriaco de la primera mitad del 1900. Argumentó que el crecimiento en una economía de empresas privadas se debía a las ganancias esperadas por los empresarios.
Nota 3: El taylorismo fue un movimiento por la organización científica del trabajo (scientific management) nacido a finales del siglo XIX por obra de Frederick Winslow Taylor. Se basaba en tres principios cardinales: el primero preveía la observación sistemática de los movimientos de los operarios, la medición cronométrica y la clasificación estadística de los tiempos empleados, con el fin de poder establecer el one best way (el único modo mejor) para realizar una operación laboral y el tiempo óptimo necesario para ella. El segundo principio defendía la intervención de la dirección en la actividad laboral del obrero para dictar sus modalidades. El tercer principio veía la expropiación sistemática del saber obrero con el fin de transferirlo a los oficios de dirección y diseño. La propuesta de Taylor se presentaba como una iniciativa dirigida a hacer compatible la mano de obra, reacia a la introducción de máquinas, con las nuevas tecnologías necesarias para la producción en masa. No logró esto, de ello nació una agria lucha sindical. La taylorización del trabajo abrió el camino a la cadena de montaje y al fordismo de Henry Ford, el “rey del automóvil”.
Nota 4: Schumpeter con tal expresión probablemente se refería a los homines novi de la antigua sociedad romana. Estos no nacían de familias conocidas por haber desempeñado cargos particulares, no tenían un ilustre árbol genealógico para mostrar como credencial, pero se distinguían por sus particulares dotes de elocuencia y capacidad política. Eran hombres como Catón el Censor, Cayo Mario y Cicerón, que fueron personalmente artífices de su propio destino. Para Schumpeter, el empresario es un verdadero homo novo, que creó una invención por sí solo y la desarrolló en su empresa. Solo después, fue imitado por otras empresas.
Nota 5: Citado en Freeman – Soete, 1994, pág. 36.
Nota 6: Kondrat’ev fue economista ruso, director del Instituto de Investigación Económica de Moscú. En los años veinte, describió los ciclos laborales que llevan su nombre. Anteriormente van Gelderen ya había hablado de ellos en 1913 en una obra escrita solo en holandés y, por lo tanto, desconocida tanto para Schumpeter como para Kondrat’ev.
Nota 7: Como sostenido por Rosenberg (1976), el proceso de difusión no permite replicar igual a sí mismo el nuevo producto, pero conlleva (además de su perfeccionamiento) mejoras de procesos, componentes, subsistemas, materias primas y métodos de gestión.
Nota 8: Emil Lederer fue economista alemán, conocido por la publicación de la obra Progreso técnico y desempleo. El libro tuvo cierto eco en el mundo académico, pero fue duramente criticado por Kaldor en 1932.
Nota 9: Alvin Harvey Hansen (1887 – 1975), economista americano, que creía que una depresión económica como la de los años Treinta solo podía prevenirse con la intervención pública a favor del pleno empleo. Entre sus propuestas también hubo mayor gasto gubernamental en escuelas, hospitales y carreteras. Sus sugerencias fueron aplicadas en la Ley de Empleo de 1946.
1.4. Estudios teóricos recientes
1.4. Estudios teóricos recientes
En tiempos más recientes, Carlota Perez (1983) ha supuesto que las “fases de prosperidad” tengan lugar cuando se realiza un “feliz encuentro” entre las nuevas tecnologías de una onda larga y el marco institucional.
Por el contrario, según su pensamiento, las depresiones representan períodos de desajuste entre las técnicas de producción emergentes y las instituciones. La extendida generalización de las nuevas tecnologías es posible solo después de un período de adaptación de las instituciones sociales a las características y potencialidades de las nuevas técnicas.
Perez nota que Schumpeter reconoció tardíamente la necesidad de políticas gubernamentales que enfrentaran las depresiones y, además, en términos muy genéricos. Incluso, tomó una posición mayormente hostil respecto a la teoría keynesiana.
Según Perez, el fallo en el encuentro entre el marco institucional y las excepcionales ventajas en términos de costos y productividad proporciona el impulso para buscar reformas sociales y políticas para superar la crisis.
En cualquier caso, los tiempos requeridos serán largos, porque es necesario el cambio del sistema educativo y formativo, de las estructuras administrativas y empresariales, de los mercados de capital, de los sistemas financieros, del tipo de inversiones, de las leyes, de la política y del comercio a nivel nacional e internacional. Es por lo tanto fundamental la intervención pública.
También la escuela francesa de economistas intervencionistas ha puesto de relieve la relevancia de períodos de cambio institucional para un alineamiento con los cambios estructurales. En particular, Boyer (1989) ha insistido en la capacidad de innovación institucional de cada País. Existe la necesidad de cambiar los métodos de gestión, las relaciones industriales y las políticas laborales para obtener un grado de inversiones suficiente para un nuevo nivel de desarrollo económico y técnico.
En 1981 Pasinetti publicó su Structural Change and Economic Growth, un ensayo de teoría económica sobre la evolución de largo plazo del sistema industrial, construyendo un modelo dinámico multisectorial.
Analicemos sus implicaciones, en presencia de progreso técnico, sobre el cambio estructural de la producción y del empleo, sobre el cambio de la composición de la demanda (dado por el cambio en gustos y preferencias de los consumidores) y sobre una población creciente.
Veamos cuáles son las tres novedades características del modelo aquí propuesto.
En primer lugar, Pasinetti construye un modelo desagregado multisectorial, que considera las variaciones diferentes de productividad en las diversas ramas de la economía. Este enfoque analítico es bien diferente de los tradicionales, clásicos o keynesianos que sean.
En segundo lugar, define el concepto de integración vertical del proceso productivo, como el fenómeno por medio del cual cada factor es hecho devenir input de trabajo o servicio rendido por stocks de bienes capitales, sin fases transitorias. De tal manera, Pasinetti permite la realización de un análisis dinámico, partiendo de un esquema input-output, considerando también el progreso técnico.
Finalmente, desarrolla su estudio según ese tipo de investigación que los clásicos definían “natural”, porque es tan fundamental que está alejada de la situación institucional de la sociedad.
Para el autor, el esquema de los neoclásicos (basado en el principio de la maximización bajo restricciones dadas) es inadecuado para representar una sociedad industrial moderna, en la cual el progreso tecnológico continuamente cambia todos los datos.
El concepto de industria está en el centro de la obra, es de tipo dinámico e implica la producción y, por lo tanto, un incessante proceso de aprendizaje (que hace variar en el tiempo las magnitudes económicas): precisamente en esto consiste el progreso técnico para Pasinetti.
Esta adquisición continua de know how es el fundamento de todo el sistema, ya que apunta al mejoramiento tanto de procesos como de productos. En sustancia, es el trabajo humano el principal artífice de la producción, del cual pueden ser producidos todos los bienes posibles.
Antes de describir su modelo, Pasinetti considera algunas hipótesis.
En primer lugar, define su esquema analítico de producción pura, sobre el cual principalmente se detiene. El modelo está dominado por el proceso de aprendizaje de los individuos, tanto por lo que respecta a los mejoramientos en la técnica productiva, como por lo que concierne a la evolución en las preferencias de consumo.
Al respecto, la segunda hipótesis ve el sistema económico representado por un modelo autárquico, en el cual se encuentran solo dos actividades: una de producción y una de consumo.
En tercer lugar, en el modelo solo se consideran las mercancías producidas finales: así todos los procesos productivos se representan como verticalmente integrados, es decir, que todos los factores se reducen a inputs de trabajo u a servicios proporcionados por stocks de bienes capitales, sin estadios intermedios.
La cuarta hipótesis asegura que el progreso técnico es tal que requiere en cada proceso productivo la división del trabajo y una marcada especialización. En cada momento, el sistema tiene su propia estructura técnica, representada por una serie de funciones de producción, cada una de las cuales expresa la fabricación de cada bien individual como función técnica de los diversos inputs físicos (trabajo, bienes de capital, mercancías intermedias…).
En quinto lugar va indicado que la técnica individual en funcionamiento al momento es la única importante, no puede ser cambiada en un momento dado. Solo en el largo plazo es posible cambiar la estructura tecnológica, cuando con la sustitución de bienes de capital desgastados se eligen nuevos métodos de producción.
En sexto lugar, el modelo asume que en cada período y en cada sector una proporción constante de la capacidad productiva se desvanece por su utilización.
Finalmente, el estudio en examen está dirigido al análisis de producción y ocupación, que cambian estructura al variar la demanda, que es endógena, mientras que la población, los conocimientos tecnológicos y los modelos de consumo son exógenos.
En particular, la población del sistema proporciona los flujos de trabajo a los diversos procesos productivos y posee los stocks de bienes de capital. Además, expresa la demanda de bienes finales, tanto de consumo como de inversión.
Después de considerar las hipótesis, pasemos ahora a analizar el modelo. Pasinetti asume que el sistema económico en el tiempo inicial está en equilibrio: la demanda global genera exactamente ese volumen de producción que requiere el pleno empleo de la fuerza laboral existente y la capacidad productiva de los diversos sectores está completamente utilizada.
Sostiene luego que con el paso del tiempo las productividades¹ de los diversos sectores cambien (por la introducción del progreso técnico), que la demanda pro-capite varíe (por un cambio de las preferencias de los consumidores, surgida de la existencia de nuevos productos) y que la población aumente: por lo tanto, para mantener el sistema en equilibrio de pleno empleo en el tiempo, es necesario satisfacer dos condiciones.
En primer lugar, ya que la población y la tecnología cambian, el sistema debe expandir continuamente su producción para poder mantenerse al ritmo de los aumentos de la demanda pro-capite y de los de la fuerza laboral.
En segundo lugar, debe satisfacerse la condición macroeconómica de la demanda efectiva, que prevé que la demanda aumente en medida exactamente proporcional al crecimiento de la productividad. Si no fuera así, el sistema generaría desempleo.
El modelo muestra que el mantenimiento del pleno empleo en el tiempo no es un hecho endógeno y no se realiza automáticamente.
Al contrario, el sistema económico tiende al desempleo tecnológico, porque generalmente la demanda varía en medida menos que proporcional al crecimiento del ingreso y no puede crecer incesantemente, ya que cada bien tiene un grado de saturación en el consumo.
Sin embargo, existen dos factores que operan en el largo plazo y que logran compensar aquellos efectos negativos de las dinámicas del sistema económico en el empleo.
El primer factor es precisamente el progreso técnico que, al incrementar los sectores productores de nuevos bienes, estimula el crecimiento de la demanda efectiva.
El segundo factor está ligado al uso de la fuerza laboral, con la disminución de los activos sobre la población total y/o con la reducción de la duración de la semana laboral.
Sin embargo, incluso si la condición macroeconómica de la demanda siempre se satisficiera, en promedio la mitad de los sectores generaría desempleo tecnológico con el paso del tiempo, mientras que la otra mitad reabsorbería el desempleo creado por los sectores en los cuales el crecimiento de la demanda pro-capite es menor al de la productividad.
Por lo tanto, si se desea mantener el equilibrio macroeconómico, el empleo requiere una fuerte movilidad intersectorial de la fuerza laboral.
Si la población creciera, el equilibrio podría ser favorecido por la prejubilación de algunos de los trabajadores más ancianos en los sectores en declive, si la demanda estuviera estancada o en contracción, y también por la inmisión de jóvenes en los sectores en expansión. Además, el aumento de los habitantes trae consigo una ampliación de la demanda de todos los bienes.
Por otro lado, es el crecimiento de la productividad el que genera desempleo tecnológico.
El efecto completo de estas variables es hacer variar toda la estructura del empleo, en otras palabras, las proporciones en las cuales los trabajadores se distribuyen entre los diversos sectores de la economía.
Se pueden proponer tres consideraciones conclusivas respecto a la dinámica estructural de la producción y del empleo, en presencia de progreso técnico.
La primera es que los operadores están obligados a tomar decisiones siempre nuevas para dirigir el sistema hacia el equilibrio: no pueden confiarse a mecanismos de autorregulación del sistema, porque tales mecanismos no operan en la dirección deseada. Existe un problema de política industrial de la innovación tecnológica. La segunda consideración es que la satisfacción de la condición macroeconómica de equilibrio de pleno empleo no sirve para mantener el equilibrio dinámico.
Se plantea por lo tanto un problema de política del empleo, ya que la dinámica del sistema requiere una redistribución del empleo entre los diversos sectores sobre la base de la evolución de la tecnología y la demanda.
La última consideración concierne a la suposición implícita de una estructura de precios dada y de una distribución del ingreso dada, a cuyas variaciones la demanda es sensible.
Además, en el modelo la tasa de ganancia influye en la elección de la técnica y la tasa de salario influye en el grado de mecanización de los procesos productivos, es decir, en la relación capital/trabajo.
En conclusión, Pasinetti sugiere que el progreso técnico es de tipo labour-saving y que, por lo tanto, sus efectos consisten tanto en un aumento de los salarios reales en el largo plazo, como en una necesaria redistribución del empleo hacia producciones nuevas y tradicionales, que tienen una demanda en expansión y/o se resuelven en una diferente distribución del tiempo de trabajo sobre toda la fuerza laboral (Schilirò, 1984).
Según Sylos Labini, las invenciones dependen de muchos factores, algunos exógenos (como sostenido por la mayoría de economistas), otros endógenos al sistema económico (Sylos Labini, 1991).
El autor define como endógenas aquellas invenciones que se generan por motivaciones puramente económicas. Sabemos que para traducirse en innovación, una invención debe pasar la prueba de la economicidad (en la práctica debe ser rentable), pero esto no significa que todas las invenciones sean definidas como endógenas.
Define, en cambio, como exógenas aquellas invenciones, grandes ideas, golpes de genio que provienen del progreso intelectual, del progreso científico desinteresado y/o de impulsos de tipo público (por ejemplo, militares o civiles).
Estas pueden incluso ser invenciones potenciales del pasado, ahora actualizadas. En particular, el autor nota que a veces las pequeñas innovaciones, a menudo adaptaciones, perfeccionamientos de las grandes,